"[...] Según Estrabón, el sabio romano, en su famosa "Geographiká", redactada en tiempos del emperador Augusto, la región llamada por los romanos Turdetania, y luego rebautizada por ellos mismos, como Bética, exportaba a la capital y al resto del Imperio, entre otros productos, "trigo, mucho vino y aceite, no sólo en cantidad sino en calidad insuperables". En nuestro caso, la salida de los sin duda ya apreciados caldos y del aceite de nuestra comarca, se realizaría a través del valle del Genil o de los puertos malagueños, envasados en ánforas elaboradas por los tejares lucentinos, cuya existencia respalda nuestra ancestral e importantísima industria del barro, y a la que por otra parte, da consistencia la impresionante batería de hornos alfareros, que afortunadamente conservamos de aquella época en la carretera de Puente Genil. Sibaritas y buenos vividores y bebedores, los romanos supieron sin ninguna duda apreciar el "bouquet" del dorado líquido producto de las viñas y del clima del contorno de Lucena.

[...] Uno de nuestros más preclaros historiadores, el clérigo Fernando Ramírez de Luque, en su conocida obra "Tardes divertidas..." sostiene con todas las razones posibles de su apasionado carácter que Lucena, en aquellos lejanos tiempos, tenía el nombre de Castravinaria, o Vinaria a secas, por la calidad de sus vinos y viñedos.

[...] Ya se sabe que los judíos hicieron de Eliossana la ciudad hebrea más rica y poderosa de Al-Andalus. Nos cuenta el geógrafo árabe al-Idrisí, que era entonces Lucena, rodeada de fuertes muros y fosos de aguas clara, una ciudad habitada exclusivamente por judíos y que contaban incluso con un contingente militar propio. En aquella época tan espléndida de nuestro pasado, entre los siglos noveno y décimo, convertida Lucena en la directora espiritual del judaísmo y en una especie de república autónoma y como consecuencia, lugar de acogida de los más afamados intelectuales hebreos de la época, las viñas siguieron dibujando sus verdes tresbolillos por las laderas de las colinas, especialmente por las tierras albarizas que extienden la franja de su blancura por el norte y el oeste del término municipal lucentino y se abren como un prodigioso abanico en cuyo centro se encuentra hoy Moriles para hacer el milagro de un vino único que, naturalmente, ha de ser bueno para todo y para todos.

Antiguamente, como hoy, el microclima de Lucena recostada en la ladera, con todo un manto de agua deslizándose, subterráneo, hacia el Rigüelo, venía a transformar el mosto en un vino extraordinario al que el tiempo añadía sus valores definitivos en la paz umbrosa de aquellas bodegas judías.

[...] En septiembre de 1241, los habitantes de Lucena se entregaron a las tropas castellanas de Fernando III el Santo, quien, a su vez, la donó al obispo y al cabildo de la Catedral de Córdoba, con la encomienda de defenderla de los probables ataques musulmanes. En el documento de donación real consta la existencia de viñas lo que se dio en llamar el ruedo de la villa, ancho cinturón cultivado en torno a la población.

Permutada Lucena por el obispado a la amante del rey Alfonso XI don Leonor de Guzmán por ciertos bienes que esta señora poseía en Córdoba, y posteriormente entregada por Enrique II a Juan Martínez de Argote, en el testamento otorgado por éste el 18 de agosto de 1375 nuevamente se alude a viñedos y a bodegas, en la que como se ha indicado el vino se conservaba en tinajas.

El siglo XVI, tan espléndido en todos los órdenes para Lucena, población que pasó meteóricamente de mil quinientos vecinos a quince mil, trajo para ella, gracias a la calidad de sus vinos una fuente de fama y de ingresos.
Hacia una América que se iba repoblando rápidamente y que reclamaba desde ultramar vinos peninsulares, pocos caldos eran capaces de soportar la larguísima travesía sin echarse a perder. Por esta circunstancia, además de por su calidad, que los hizo aparecer con frecuencia por las mesas reales y aristocráticas de la época, los vinos lucentinos iniciaron un largo período de esplendor que alcanzaría su cenit en el siglo XVII.

Por aquellas fechas, al margen de las bodegas particulares, existían en Lucena unas grandes bodegas propiedad del marqués de Comares, conocidas como La Tercia, ubicadas en el emplazamiento del actual Mercado de Abastos, que venían a regular a la baja los a veces excesivos precios del vino, entonces para muchos, alimento que se incluía obligatoriamente en los contratos de trabajo. Así se deduce de un acta capitular de 6 de marzo de 1559, en la que consta que los podadores pidieron al Ayuntamiento decretase como jornal diario 4 reales y vino, siéndoles otorgados solamente tres, pero sin excusar en manera alguna el dorado néctar.
Así pues, el licor de Baco, alimentaba tanto las fuerzas laborales como la alegría de las fiestas. Las que nuestra villa celebró el día 8 de agosto de 1577 debieron resultar inolvidables, pues por primera vez, el vino se ofreció libremente a los vecinos en una fuente que se construyó en el Coso y de cuyo caño manaron con la regularidad requerida más de treinta y dos arrobas adquiridas precisamente en las bodegas señoriales.

El lucrativo negocio de los vinos, que daban fama internacional a Lucena y a los bodegueros pingües beneficios, llevó a los vecinos de Lucena a acordar sembrar viñedos en parte de lo que eran tierras comunales, de manera que los beneficios revirtieran en el propio vecindario.

Bajo la entonces arraigadamente popular denominación de origen "vinos de Lucena", única localidad de España que daba entonces nombre a su vino, aparece confirmado en su extraordinaria calidad por aparecer en las mesas regias. En la obra literaria "Historia de Gil Blas de Santillana" del francés Alain René de Lessage, se relata cómo en las fiestas con que el duque de Medinasidonia obsequió a su majestad don Felipe IV en el coto de Doñana, el vino que consumió en los banquetes que le ofrecieron al rey era vino lucentino.

De aquel mismo siglo se conserva todavía un testimonio que avalora nuestros caldos pues se habla de ellos desde la perspectiva de un extranjero. En las notas de viaje que dejó, hacia 1670. un noble viajero italiano, Cosme de Medicis, de cuya visita en nuestra ciudad, queda un retrato de la Lucena de entonces y una calificación para sus vinos, de los que el excéntrico aristócrata italiano asegura que "la maggior ricchezza di Lucena è l'olio è il vino, l'un e l'altro de più nominato di Spagna" (la mayor riqueza de Lucena es el aceite y el vino, el uno y el otro los más célebres de España).

La hegemonía del vino lucentino como única denominación de origen cordobesa y en algunos casos andaluza, se comenzaba a batir en retirada en la segunda mitad del siglo XVIII debido a la actitud proteccionista de otras regiones productoras.

Entrado ya el turbulento siglo XIX, el vino lucentino se resintió con la llegada a tierras jerezanas de notables vitivinicultores, escoceses, ingleses o franceses, origen de conocidas sagas bodegueras.

Por aquellas fechas, las exportaciones de vino español a tierras americanas sufrieron tal elevación de tasas que aquel importante comercio, mantenido durante siglos, desapareció casi totalmente.

Con todo, el más terrible golpe, la ruptura con el viejo sistema vitivinícola, se produciría con la aparición de la plaga de la filoxera. La ancestral cultura del vino, la existencia de bodegas y tabernas, rozó el desastre de su desaparición en 1888 con la llegada desde Malaga a nuestro término, de la plaga de un insecto que ya había diezmado totalmente las vides de otros países europeos, el llamado por los naturalistas "Phylloxera vastatrix".

El arranque o la pérdida de las viejas cepas autóctonas y la sustitución por vides americanas, resistentes a la filoxera, fue a la postre, la única solución posible. No obstante, era preciso adoptar la variedad adecuada a las características químicas de cada terreno, tras realizar los ensayos necesarios para su descubrimiento y, luego, luchar con la desconfianza de los agricultores que aseguraban que ya nada volvería a ser como antes. A tal efecto, se crearon dos viveros, uno en Aguilar y otro en Cabra; descubriéndose que aquí las variedades americanas más apropiadas eran las denominadas Berlandieri y Rupestris. Sobre ellas se injertaron en su momento las yemas Pedro Ximénez que rápidamente permitieron recuperar la ya para entonces escueta producción de los vinos lucentinos que ya perdieron definitivamente su denominación de origen a favor de los a partir de ahora más populares y conocidos vinos de la aldea de Zapateros, -rebautizada después como Los Moriles-, y de Montilla.

Para la ya entonces veterana bodega de don José de Mora Madroñero, que ya había recibido en 1877 una mención honorífica por la calidad de sus vinos, como para las demás bodegas lucentinas, la recuperación tras la plaga de filoxera, debió ser como un lento y trabajoso despegue que, en el caso de la referida de don José de Mora vio respaldados sus esfuerzos en 1891, con el siempre apreciado título de proveedor de la Casa Real española. Esta casa se anunciaba en la sencilla propaganda de comienzos del siglo XX, como "Cosecheros y Exportadores de Vinos especiales de los Moriles y Montilla", que daban a beber a los entendidos vinos memorables como el fino llamado "Violeta", el "Moriles Superior", o en una tradición que pocos mantienen, un prodigio llamado "Moscatel Añejo". Bodega aquella que, como un árbol venerable y prolífico, produjo los valiosos frutos bodegueros que le sucedieron y que mantienen enarboladas las banderas de su calidad y de un prestigio ya centenario: las bodegas de Mora Jiménez, antes en la calle Curados, y actualmente en Las Navas, la de Mora Chacón, que mantiene el eje troncal vinatero de la saga, y la más reciente de Mora Romero. De aquellas era memorable su "Manzanilla", denominación que hubo que ceder a otras zonas vinícolas, o la apreciadísima "Solera Olorosa".

El gran poeta pontanés Ricardo Molina, ferviente admirador de nuestros vinos, en aquellos venturosos años cuarenta, cincuenta y sesenta del siglo XX, calificaba nuestros caldos como únicos por su admirable finura, sutileza, sequedad, transparencia, delgadez... Vinos transparentes, -decía- pálidos, olorosos... Seculares ángeles de oro del paladar andaluz."

Extraído de Apuntes para una historia del vino en Lucena
Don Francisco López Salamanca, Cronista Oficial de Lucena.
De la Real Academia de Córdoba.

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